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Hablar en el funeral

Qué decir en un funeral cuando no se te ocurre nada

Julien Wiegandt

Julien Wiegandt

Fondateur de forevr

Célia RuedasRelu par Célia Ruedas

2 min de lectura

Vas a un tanatorio y lo que más miedo te da no es el momento: es no saber qué decir. Así que muchos acaban diciendo lo primero que suena a frase de funeral, y algunas de esas frases hacen daño sin que nadie lo pretenda.

La buena noticia es que el listón está mucho más bajo de lo que crees. Nadie espera palabras acertadas. Esperan que estés.

Lo que funciona

«Lo siento mucho». Tres palabras. No hay que mejorarlas.

Un recuerdo concreto. «Tu padre me arregló el coche un domingo y no me dejó pagarle». Esto es lo que las familias recuerdan meses después. No hace falta que sea una anécdota grande; hace falta que sea verdad y que sea suya.

«No sé qué decirte». Parece una rendición y es de las frases más honestas que existen en un tanatorio. Quien la escucha nota la diferencia entre eso y una fórmula.

El silencio con compañía. Sentarse al lado, traer un café, quedarse diez minutos sin hablar. En un velatorio largo, esto pesa más que cualquier frase.

Lo que hace daño sin querer

«Ahora está en un lugar mejor». Puede consolar a quien lo dice y ofender a quien lo escucha, sobre todo si no comparte esa creencia. Guárdalo salvo que sepas que la familia lo dirá primero.

«Ya descansa». Es cierto en el caso de una enfermedad larga, y aun así suena a alivio. Déjalo en boca de la familia.

«Sé cómo te sientes». Casi nunca es verdad, y obliga al otro a atender tu duelo en medio del suyo.

«Hay que ser fuerte». Es una instrucción, no un consuelo. Y suele dirigirse a quien menos margen tiene para no serlo.

«Si necesitas algo, llámame». Bienintencionado, pero traslada el trabajo: nadie llama. Mejor una propuesta concreta —«El jueves me paso con la cena»— y después cumplirla.

Si te toca hablar

A veces no se elige. Alguien te pide unas palabras y son las diez de la noche del día anterior.

Tres o cuatro minutos son suficientes: unas quinientas palabras. Di quién eres en una frase, cuenta una escena concreta en lugar de enumerar virtudes, y termina con algo que te sepas de memoria, porque el último renglón es donde se rompe la voz.

Y se te va a romper. No pasa nada: la sala lo sabe mejor que tú. Sujeta el papel con la mano en lugar de dejarlo en el atril, para, respira, y pídele antes a alguien que siga leyendo si no puedes. Solo saber que hay alguien preparado suele bastar para no necesitarlo.

Después del entierro

El tanatorio se llena y, dos semanas más tarde, el teléfono deja de sonar. Ese es el momento en que hace falta la gente, y casi nadie está.

Escribe a los tres meses. Escribe el día del cumpleaños. Manda la foto que encontraste en el móvil. No hace falta preguntar cómo lo lleva: basta con demostrar que esa persona sigue existiendo para alguien más.